COVIDI9:Universidad de China» La inmunidad solo dura dos meses.

  • Un estudio de científicos chinos publicado en Nature constata una bajada muy significativa de los anticuerpos frente al SARS-COV-2 a las ocho semanas del alta
  • Esto puede suponer que la inmunidad que genera nuestro organismo frente a este coronavirus no es tan duradera como en otros
  • El inmunólogo Alfredo Corell advierte, no obstante, de que hacen falta más estudios y más amplios sobre la reacción de nuestro sistema inmune

La inmunidad que genera nuestro organismo frente al SARS-COV-2 sigue siendo una de las grandes incógnitas, todavía, de este nuevo coronavirus. Todavía, porque aunque no lo parezca, apareció en nuestras vidas hace sólo seis meses. En tiempos científicos, un suspiro.PUBLICIDAD

Cualquier información nueva al respecto es importante porque puede tener enormes implicaciones de cara a nuestra vida futura y para los miles de científicos del mundo que tratan de desarrollar vacunas contra este nuevo virus. La información sobre cómo reacciona nuestro sistema inmune al verse infectado es la que más estudios genera. El último, publicado hace unos días en la revista Nature, no trae buenas noticias.

Según este estudio, de la Universidad de Medicina de Chongqing (China), los anticuerpos que genera el organismo de una persona infectada por el SARS-COV-2 bajan de forma significativa a partir de las ocho semanas desde el alta, es decir, a los dos meses de convalecencia. Y esto ocurre tanto si el paciente pasó la infección de forma asintomática como si tuvo síntomas, porque estudiaron ambos casos. 

Una mala noticia: se acortan mucho los plazos

Han estudiado a 37 pacientes sintomáticos y otros 37 asintomáticos. No son muchos, pero son una muestra de lo que puede ocurrir con nuestro sistema inmune cuando reacciona a la infección. El estudio comprobó que la mayoría de los infectados produjeron anticuerpos frente al coronavirus, tanto IgG como IgM. Los IGG son los que aparecen más tarde y duran más, es el anticuerpo que más abunda en el organismo, el que brinda protección contra las infecciones bacterianas y víricas.

Pero los científicos chinos siguieron la evolución de esos pacientes durante la primera fase de su convalecencia, ocho semanas, y “sorprendentemente”, según explican, vieron cómo los niveles de IgG disminuían de forma notable en más del 90% de los pacientes.

Se observó un descenso de anticuerpos de un 71% de media entre los asintomáticos y de un 76% de media en los sintomáticos. Esto significa que la inmunidad frente al SARS-COV-2 podría no tener efecto a largo plazo, al menos la inmunidad generada por los anticuerpos. 

“Es una mala noticia, aunque habría que confirmarlo con más pacientes y más estudios”, apunta el catedrático de Inmunología Alfredo Corell. Pero también matiza. “Los resultados no son buenos, pero es una muestra muy baja, y además la memoria inmunitaria queda grabada en células que aquí no se han mirado”. Se refiere a la inmunidad celular, la que genera el organismo más allá de los anticuerpos, que explicó en NIUS hace unos meses. “No es algo que se pueda mirar rutinariamente, no se puede hacer en cualquier laboratorio, por eso no se está mirando”.

En este estudio tampoco se ha mirado otra cosa, subraya, los anticuerpos IgA. “Hay un tercer anticuerpo muy relevante, la IgA, que se produce y actúa a nivel de mucosas y que parece que podría tener mucho impacto en esta enfermedad, pero tampoco se está mirando”. Ni en este estudio ni en casi ninguno, porque la forma de detectar la IgA es más compleja.

Hechas estas matizaciones, Corell reconoce que los resultados no son buenos. “Normalmente, si hay inmunización, la IgG circula mucho tiempo, estos anticuerpos suelen durar años. En otros coronavirus, se ha visto que la inmunidad dura entre 6 meses y 2 años”. Este estudio acorta mucho los plazos.

De seropositivos a seronegativos en ocho semanas

Y no sólo es que bajen los anticuerpos, es que entre los asintomáticos constataron que “un 40% se convirtieron en seronegativos en esa fase de convalecencia temprana”. Es decir, que ya no se detectaban anticuerpos en su organismo. Entre los sintomáticos, ése porcentaje fue mucho menor: del 12,9%.

Que decaiga tanto la respuesta en los asintomáticos no es tan raro porque se cree que un alto porcentaje supera la infección por la inmunidad cruzada de otros coronavirus anteriores, como los catarros, y no tanto porque generen anticuerpos”, recuerda Corell. Otra cosa es ése 13% de sintomáticos en los que tampoco se detectan ya anticuerpos estando aún convalecientes. “Se ve cómo a los dos meses bajan mucho los niveles, a algunos tanto que no se detectan anticuerpos».

Pero este inmunólogo advierte. «En los que sí tienen todavía, aunque sea en niveles muy bajos, no sabemos si los seguirán teniendo a los 6 meses, porque el estudio no ha llegado hasta ahí, no se puede saber…”. Son preguntas que siguen quedando abiertas, para responder hace falta que pase más tiempo. Corell insiste. “Ahora se está yendo muy deprisa, se están publicando estudios con muestras muy pequeñas, hacen falta estudios con muestras más amplias, con más datos. Hace falta más tiempo. La ciencia necesita reposo”.

Serían necesarias vacunas más fuertes

Los científicos también buscaron anticuerpos neutralizantes mediante un ensayo de neutralización, basado en pseudovirus, con mayor precisión y sin detección separada de tipos específicos de anticuerpos, y comprobaron que disminuían los niveles en suero en el 81% de los asintomáticos y en el 62% de los sintomáticos.

Esta breve y débil duración de la inmunidad, si se confirma en posteriores trabajos, puede suponer un problema de cara al desarrollo de las vacunas frente al SARS-COV-2. Lo apuntan los propios autores en el estudio. “La reducción de IgG y de los niveles de anticuerpos neutralizantes en la fase de convalecencia temprana puede tener implicaciones en la estrategia inmunitaria así como en encuestas serológicas”.

Si los anticuerpos producidos por la infección natural son débiles y a corto plazo, la vacuna puede necesitar ser «más fuerte» que el virus. “La vacuna genera anticuerpos neutralizantes, y en este estudio han visto que disminuyen rápidamente. Eso significaría que habría que ir a vacunas más inmunógenas, las que producen una respuesta más fuerte del organismo”, advierte Corell.

¿Y cómo se consiguen vacunas más fuertes? “Serán necesarias vacunas con más dosis o acompañadas de sustancias potenciadoras, con más adyuvantes”, explica el inmunólogo. Los adyuvantes son sustancias, como las sales de aluminio, que potencian la fuerza inmunitaria de la vacuna. “Todas las vacunas los llevan, pero unas en mayor medida que otras”.

En el caso de la vacuna de Moderna o la de Oxford, por ejemplo, que son las que primero saldrán y las más sencillas, la inmunidad que ofrecerán no será fuerte. Si se confirma lo constatado en este estudio, “habría que poner más dosis o acompañarlas de más potenciadores”, avisa Corell. “Estas vacunas ofrecen una inmunidad más débil que vacunas que trabajan con virus vivo o el virus completo”. Es el caso, por ejemplo, de las que desarrollan en España los equipos de Mariano Esteban o Luis Enjuanes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *